Mujeres en Gaza |
Ayer por la noche, leyendo las noticias del periódico "El país" por internet, me impactó una noticia ocurrida en Gaza: Un tiro en la boca para "lavar el honor".
Como siempre la mujer es la más perjudicada en caso de infidelidad pero en estos países mucho más.
Voy a copiar la noticia por si no la habéis leído.
Un tiro en la boca para “lavar el honor”
La policía de Gaza encontró a K. K.
en una barraca de playa con su supuesto amante cerca de Jan Yunis, al sur de la
franja hace dos semanas. Los detuvieron, los interrogaron y después los
soltaron. La pareja sabía que el castigo no acababa ahí. Sabían que en Gaza,
una mujer casada no puede dejarse ver con un hombre que no sea su marido o su
familiar. Sabían también que tratándose de Jan Yunis, una de las zonas más
conservadoras de la franja, el castigo no tardaría en llegar. Lo que
desconocían es el grado de brutalidad que iba a alcanzar. “Muy grave incluso
para los estándares de Gaza”, según una activista de derechos humanos de la
franja.
Esa misma noche, ya en casa, K.
K., universitaria de 22 años, casada con su primo y madre de una niña de año y
medio tuvo que enfrentarse al interrogatorio de su familia. K. K. confesó su
supuesto crimen, consciente de que había violado las estrictas normas de moral
que rigen en Gaza. Horas después de la confesión, su tío la obligó a beber de
una botella de herbicida, hasta que la muchacha cayó inconsciente. En ese
estado, el tío la llevó hasta el hospital Nasser de Jan Yunis, donde a las
21.00 la ingresaron en cuidados intensivos. Intento de suicidio, explicó el tío
a los médicos que trabajaban aquella noche. La dejó moribunda, convencido de
que aquel era el final de su sobrina, Pero K. K. empezó a mostrar signos de
recuperación. De madrugada, su tío se presentó de nuevo en la sala de cuidados
intensivos. El médico corrió a transmitirle la buena noticia. La chica estaba
mejorando. Al tío no le gustó el diagnóstico. Sacó una pistola y amenazó al
médico y a la enfermera. Después, metió la pistola en la boca de su sobrina y
disparó. K. K. murió en el acto.
La policía tuvo conocimiento de
la muerte. La familia, en un intento de minimizar daños, le entregó a un
hermano enfermo mental, acusándole del crimen, pero los médicos identificaron
al tío. El asesino confesó y ahora espera en prisión una sentencia que castigue
el asesinato, indica Ayman Batniji, portavoz de la policía de Gaza.
Batniji explica en su despacho que
cuando un vecino les da el chivatazo de que alguna mujer está en un restaurante
con alguien que no es su marido, las patrullas policiales acuden raudas. Si no
ha habido relación sexual de por medio los sueltan pronto. Si la ha habido,
irán a juicio. En el caso de los mal llamados “asesinatos por honor”, Batniji
explica que la ley es generosa con el agresor porque se entiende que trata de
“limpiar la honra” de la familia.
Una ley de 1936
El tío de K. K., también sabe como
cualquiera en la franja, que por tratarse de un crimen de honor su paso
por la cárcel, será breve. La pena máxima en estos casos puede llegar a tres
años, pero lo más corriente es que no supere unos meses, señala Zeinab el
Ghunaimi, del centro de asistencia e investigación legal para mujeres de Gaza.
“Aquí se aplica una ley que se remonta a los tiempos del mandato británico y
que considera que los asesinatos por honor no son intencionales.
Mientras que los demás pueden acarrear la cadena perpetua; cuando se trata de
un crimen de honor lo más normal es que la pena sea de entre uno y tres
meses”. La idea que subyace en el artículo 18 de la ley de 1936, que debía
haberse derogado el año pasado y de otros que regulan esta cuestión, es que un
hombre que presencia la infidelidad de su mujer puede perder el control y
volverse violento, aunque el atenuante por honor se aplica tanto si el hombre
presenció la infidelidad como si no. Muchos casos se resuelven en negociaciones
a puerta cerrada entre los miembros de las grandes familias y clanes de la
franja.
Las cifras
oficiosas difieren a la hora de contabilizar este tipo de crímenes. Unas
fuentes hablan de cerca de una veintena al año —una cifra similar a la de la
vecina Jordania y algo menor que en Líbano—. Otras sostienen que el número de
casos es menor. La opacidad es la mayor característica. Muchos casos, como el de
K. K., se camuflan como intento de suicidio, para evitar la deshonra social.
Cuando la mujer sobrevive tampoco se cuenta en estas estadísticas, ya que temen
represalias de sus familias si hablan.
“Es un tema muy sensible”, dicen en
Jan Yunis, donde nadie quiere identificarse por miedo a verse asociado con el
caso. Es vergonzoso para la familia, añaden. No se refieren al asesinato, no.
La vergüenza tiene que ver con que K. K. se viera con un hombre distinto a su
marido y con que manchara el honor de la familia. Al fin y al cabo K. K. tiene
hermanas y una hija que pueden verse afectadas por la deshonra.
El conservadurismo de Jan Yunis es
palpable en toda Gaza, donde es muy difícil ver a una mujer sin el hiyab
en la cabeza o en la calle después de la puesta de sol. Es impensable que una
mujer viva sola y muchas acuden acompañadas de sus familiares hasta a las
entrevistas de trabajo. En la playa deben bañarse vestidas y si quieren fumar
no lo hacen en público. La llegada del movimiento islamista Hamás al poder en 2007 supuso otra vuelta de tuerca en la implantación de
una agenda islamita, que recorta la libertad de movimientos a las mujeres.
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