domingo, 9 de agosto de 2015

ISABEL AMALIA EUGENIA (SISSI). Ser emperatriz no exime de tener desgracias

Isabel Amalia (Sissi)
Isabel Amalia Eugenia Duquesa en Baviera, más conocida como Sissi, nació el 24 de diciembre de 1837 en Múnich, Baviera. Nació con la dignidad de duquesa en Baviera y tratamiento de Alteza Real. Era hija del duque Maximiliano de Baviera y de la princesa real Luvodica de Baviera. Su padre procedía de una rama menor de la Casa de Wittelsbach, la de Condes Palatinos de Zweibrücken-Birkenfeld-Gelnhausen y su madre, era hija del rey Maximiliano I de Baviera y por lo tanto princesa real de Baviera.
Fue educada al igual que sus hermanos, lejos de la Corte de Baviera. Pasó la mayor parte de su infancia entre su ciudad natal y los salvajes parajes que rodeaban al castillo de Possenhofen, una construcción a orillas del lago de Starnberg, que su padre había adquirido para residencia de verano y que pronto se convirtió en la residencia preferida por la familia ducal.
Isabel y su hermana Elena
A los 16 años, Isabel acompañó a su madre y a su hermana mayor, Elena de Baviera a la residencia de verano de la Familia Real de Austria, situada en Bad Ischl, donde les esperaba la archiduquesa Sofía de Baviera, hermana de su madre, acompañada de su hijo el emperador de Austria, Francisco José I. Tal encuentro estaba preparado para que el Emperador se fijase en Elena y la tomase como prometida, sin embargo, Francisco José I, de 23 años, se sintió inmediatamente atraído por Isabel, trastocando los planes que su madre y su tía tenían para ellos.
Boda de Isabel y Francisco José I
El 24 de abril de 1854, un año después de este primer encuentro, Isabel contrajo matrimonio con su primo, el Emperador de Austria, en la Iglesia de los Agustinos, convirtiéndose así en emperatriz.
Tras la ceremonia religiosa, el largo día de la boda de Isabel y Francisco José I, se prolongó hasta bien entrada la noche. Audencias, una procesión por las calles de Viena para presenciar la iluminación de la ciudad en honor de los recien casados y por fin, la cena de gala, que dio por finalizados los actos de la jornada nupcial.
El día de la boda fue un fiel reflejo de lo que sería su vida en la corte. Protocolo, rígidas normas y estrictos planes que debían cumplirse a rajatabla, sin tener en cuenta los sentimientos de una niña a le que ni siquiera se le permitió abrazar a sus propias primas ahora que ya era la emperatriz de Austria.
Isabel con uno de sus perros
Isabel tenía una gran belleza física y se caracterizó por ser una persona rebelde, culta y demasiado avanzada para su tiempo. Adoraba la equitación, llegando a participar en muchos torneos. Sentía un gran aprecio por los animales, en especial por sus perros, costumbre heredada de su madre, hasta el punto de pasear con ellos por los salones de palacio. Le gustaban los papagayos y los animales exóticos en general.
Hablaba varios idiomas: el alemán, el inglés, el francés, el húngaro, debido por su interés e identificación con la causa húngara y el griego, este último aprendido con ahínco para poder disfrutar de las obras clásicas en su idioma original.
Tuvo cuatro hijos:
- Sofia Federica de Habsburgo-Lorena, archiduquesa de Austria (1855-1857), fallecida a los dos años de edad aquejada de tifus.
- Gisela de Habsburgo-Lorena, archiduquesa de Austria (1856-1932).
- Rodolfo de Habsburgo-Lorena, Príncipe Heredero de la Corona (1858-1889).
- María Valeria de Habsburgo-Lorena, archiduquesa de Austria (1868-1924).
Isabel con sus tres primeros hijos
En 1857, en una visita a Hungría, Isabel se empeñó en llevar consigo a las archiduquesas Sofía y Gisela, a pesar de la rotunda negativa de su suegra. Durante el viaje, las niñas enfermaron gravemente, padeciendo altas fiebres y severos ataques de diarrea. Mientras que la pequeña Gisela se recuperaba rápidamente, su hermana Sofía no tuvo la misma suerte y pereció, seguramente deshidratada. Su muerte, sumió a Isabel en una profunda depresión que marcaría su carácter para el resto de su vida. Este lamentable hecho, propició que le fuese denegado el derecho sobre la crianza del resto de sus hijos, que quedaron a cargo de su suegra, la archiduquesa Sofía. Tras el nacimiento del príncipe Rodolfo, la relación entre Isabel y Francisco José I comenzó a enfriarse.
María Valeria
Isabel sólo pudo criar a su última hija, María Valeria, a la que ella misma llamaba cariñosamente "mi hija húngara", dado el gran aprecio que le tenía al país de Hungría, lugar donde habitualmente se refugiaba y en cuya cultura y costumbres se empeñó en educarla. Los grandes enemigos de Isabel, la llamaban despectivamente "la niña húngara", no precisamente por el amor que su madre profesaba por tal país, sino porque creían que la niña era fruto de una relación sexual que Isabel habría mantenido con el conde húngaro Gyula Andrássy. Sin embrago, el gran parecido que María Valeria guardaba con su padre, el Emperador, se encargó de desmentir los rumores.
La relación entre el emperador e Isabel nunca fue buena. No compartían ninguna afición y pasaban muy poco tiempo juntos. En buena parte la culpa era del emperador, que no le acompañaba en ninguna de sus salidas y estaba siempre trabajando.
Isabel
A partir de su tercer embarazo, surgió en ella una recalcitante manía de mantenerse bella y delgada. Con el enfermizo fin de mantener su peso en 50 kilos, con una altura de 1,72 metros y de guardar su cintura en tal sólo 47 centímetros, Isabel se inventó una serie de dietas de adelgazamiento y hábitos alimenticios. A falta de especialistas en nutrición, que no existían en su época, nadie podía decirle a la emperatriz que su cuadro correspondía al de una enferma bulimaréxica. La palabra comprende a los aquejados de las dos enfermedades nutricionales más extendidas del occidente actual: la bulimia y la anorexia. Se observa en personas propensas a los atracones de comida compensados con la obsesión compulsiva de hacer ejercicio. Se alimentaba básicamente a base de pescado hervido, alguna fruta y jugo de carne exprimida.
Su bebida favorita era la leche, una de las pocas pasiones que llegó a compartir con su marido. En el palacio de verano de Schönbrunn, mandó instalar un establo. Para no prescindir de leche fresca durante sus largos viajes, solía transportar vacas, cabras o corderos con ella.
El kéfir, una bebida láctea espesa fermentada por bacterias y hongos, que en aquella época era muy conocida en Rusia, pero no se consumía en Centroeuropa, fue otro de los alimentos que incluyó pocos años antes de su muerte en sus curas de adelgazamiento. Otro de sus experimentos más conocidos fueron "las curas de la glándula tiroidea", a base de un líquido que procedía de glándulas tiroideas animales.
Isabel desaparecía de la mesa si estaba en presencia de su marido o de su familia política. Los únicos que llegaron a disfrutar de la imagen de la emperatriz sentada a una mesa debidamente puesta, fueron sus ocho hermanos y hermanas, algún que otro miembro escogido de su familia de Baviera, los Wittelsbacher, su hija menor Valeria, a la que adoraba y a la que solía referirse como su única hija y su profesor de equitación, el inglés Bay Middleton, de quien se enamoró perdidamente.
Anillas del gimnasio personal de Isabel
Sus comportamientos obsesivos no sólo afectaron a sus dietas sino también a sus ocupaciones diarias, marcadas por un frenético afán de moverse, de no sentarse, de andar horas y horas por el monte y de montar otras muchas horas más a caballo. Cuidaba su figura de una forma maniática, llegando a hacerse instalar anillas en sus habitaciones para poder practicar deporte sin ser vista. El tipo de vida que se imprimió, no sólo atentaron contra su salud, sino que además aumentaron su irritabilidad y le provocaron insomnio.
A lo largo de los años, se acrecentó obsesión por mantener su figura y ni siquiera por las noches proporcionaba el merecido descanso a su cuerpo. Decidió ceñir sus caderas con paños húmedos varias veces por semana.
Isabel con su pelo suelto
Otra de sus excentricidades, fue el cuidado que Isabel proporcionaba a su cabello, del que se sentía extremadamente orgullosa. Su agenda giraba en torno a él, por lo que cualquier actividad oficial podía ser suspendida si este día coincidía con su jornada de lavado y peinado. Las apariciones públicas de Isabel con el cabello suelto eran muy raras.
Herramientas para realizar
sus peinados
La persona encargada del cuidado de la melena de la emperatriz se llamaba Fanny Angerer. Fanny trabajaba como peluquera en el Teatro de la Corte de Viena. A Isabel le llamó la atención los peinados que lucían las actrices, estos peinados le parecieron originales y llamativos. Isabel , que era una mujer muy moderna para su época y huía de los clásicos peinados de la corte, decidió contratar en exclusiva y para el resto de su vida a la peluquera del teatro.
Uno de los peinados
elaborado por Fanny
para Isabel
Su peluquera debía de usar guantes blancos siempre que la peinaba. Isabel dedicaba alrededor de tres horas diarias al cuidado de su pelo y lo lavaba cada tres semanas con una mezcla de huevo y cognac. Su peluquera la peinaba sobre una sábana blanca, en donde caían los cabellos que se desprendían de su cabeza. Si eran más de los que ella consideraba apropiados, se enfurecía. Después de cepillar su pelo, que casi le llegaba a los tobillos, Fanny debía crear elaborados peinados.
Isabel era considerada una de las mujeres más bellas de su época y ella era muy consciente de ello y se sentía especialmente orgullosa de su poblada melena. A diferencia de otras mujeres de su tiempo, rehusó utilizar maquillajes muy fuertes o perfumes. Daba mucha importancia a la naturalidad y sólo su larga melena podía ser rociada con esencias de perfume.
Isabel, cubriendo su rostro
A partir de los 35 años, no volvió a dejar que nadie la retratase o tomase una fotografía, para ello, adoptó la costumbre de llevar siempre un velo azul, una sombrilla y un gran abanico de cuero negro con el que se cubría su cara cuando alguien se acercaba demasiado a ella.
Desde los 44 años sufrió casi permanentemente dolores de ciática y acumulación de líquido en las piernas. Sus visitas a los balnenarios de Karlovy Vary, Gastein, Baden-Baden o Bad Kissinger, no contribuyeron a mejorar su estado. El único médico que logró cambiar un poco sus manías nutritivas fue Georg Metzger, que probablemente echó mano de la psiquiatría.
En 1882, a la edad de 45 años, abandonó la equitación, al parecer lo hizo nada más conocerse el anuncio de casamiento de su profesor de equitación, Bay Middleton. Pocos meses después, empezó a aprender esgrima y sustituyó las monterías y la caza del zorro en Inglaterra o Irlanda por las largas marchas. En una ocasión anduvo 30 kilómetros en tan sólo siete horas.
A partir de los 50 años, el cutis de Isabel estaba muy deteriorado al igual que su dentadura, debido a su mala alimentación.
Rodolfo y María Vetsera
poco antes de la tragedia de Mayerling
En 1889, la muerte de su único hijo y las circunstancias en que ocurrió, cambió radicalmente la vida de Isabel. El príncipe Rodolfo, de 30 años de edad, que padecía ciertos trastornos psicológicos, causados en parte por la estricta educación militar a la que fue sometido en su infancia, convenció a su amante, la joven baronesa María Vetsera, para que se quitase la vida junto a él. Se habló y aún hoy  en día se habla, de un complot contra Rodolfo. Por un lado, la hipótesis de un complot tejido por los servicios secretos austríacos, dadas las ideas radicales y liberales que Rodolfo profesaba. Por otro lado, la hipótesis de un complot urdido por los servicios secretos franceses ante la negativa de Rodolfo a dar un golpe fatal a la política de su padre.
Isabel y Francisco José I
velando a su hijo Rodolfo
Estas hipótesis se fundamentan en los estudios sobre los cuerpos de los fallecidos. Ella, según dichos estudios, no murió del disparo en la cabeza, sino de una paliza previa. Rodolfo presentaba cortes en la cara y en varias partes del cuerpo, algo impropio de un suicidio, que se taparon con maquillaje antes de su funeral en Viena. A pesar de las hipótesis, la causa de su muerte, es a día de hoy una incógnita.
Este episodio, que se conoce con el nombre de "el crimen de Mayerling", por ser Mayerling el nombre del refugio de caza donde ocurrió la tragedia, dejó marcado también al Emperador, que se encontró sin un heredero que se hiciese cargo del vasto imperio austrohúngaro.
A Isabel se le juntan en muy poco tiempo cuatro desgracias:
- Su primo, el Rey Luis II de Baviera, con el que tenía una gran amistad y afinidad, se suicida.
- Su cuñado Maximiliano, emperador de México, es derrocado y fusilado en México.
- Su hijo Rodolfo se suicida.
- Su hermana Sofía Carlota de Baviera muere quemada viva en París.
Una de las últimas fotos de Isabel
A la alegre y juvenil Isabel, se le borra la alegría. Tras la muerte de su hijo, Isabel abandonó Viena y adoptó el negro como único color para su vestimenta, a la vez que se incrementaba su fobia a ser retratada. Sólo unas pocas fotografías se conservan de su imagen sin que ella lo advirtiera. Isabel visitó en contadas ocasiones a su marido en Viena, pero curiosamente aumentó su correspondencia durante los últimos años y la relación entre los esposos se fue convirtiendo en platónica y cariñosa.
La última etapa de la vida de Isabel, estuvo marcada más que nunca por los viajes. Compró un barco de vapor, al que llamó Miramar y en él recorrió el mar Mediterráneo, siendo uno de sus lugares favoritos Cap Martin, en la Riviera francesa, lugar donde el turismo se había hecho constante a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
Palacio Achilleion
También pasó algunas temporadas de verano en el lago de Ginebra, en Suiza, en Bad Ischl, en Austria y en Corfú, donde construyó su palacio, el Achilleion, en honor de Aquiles, uno de sus héroes griegos preferidos. Dedicó largas temporadas en estos años a aprender griego, con la ayuda de un joven profesor particular, Constantin Christomanos. Además visitó otros países como Portugal, España, Marruecos, Argelia, Malta, Grecia, Turquía y Egipto.
Entre otras excentricidades, al final de su vida, se hizo tatuar un ancla en el hombro, por el amor que sentía por el mar y las travesías y por sentirse sin patria propia y se hacía atar al mástil de su barco durante las tormentas.
Paseaba a diario durante ocho largas horas, llegando a extenuar a varias de sus damas de su séquito. Adoraba viajar, no permaneciendo en el mismo lugar más de dos semanas.
Isabel a caballo
La necesidad de esparcimiento al aire libre la heredó de su padre, el duque Maximiliano, hombre de espíritu liberal que inculcó a sus nueve hijos el amor por la montaña, el campo, los animales, la equitación y hasta la acrobacia circense. Una vez cumplidos los 40 años, Isabel siguió con sus clases de acrobacia sobre caballo a galope con Elise Renz, la hija de un director de circo. Su afán perfeccionista como amazona no sólo afectaba al arte de montar, que realizaba muy femeninamente de lado, sino también a su atavío. Una vez sentada en el caballo, mandaba coser su traje de falda larga para que los pliegues tuvieran la caída perfecta.
Se negó a practicar deportes de moda como el tenis. La necesidad de un compañero de juego, contradecía sus ansias de independencia. Practicó la natación, la esgrima, el senderismo y a los 60 años, poco antes de morir, aprendió a montar en bicicleta.
Disfrutó de la literatura, en especial de las obras de William Shakespeare, de Friedrich Hegel y de su poeta predilecto, Heinrich Heine.
Detestaba el ridículo protocolo de la corte imperial de Viena, de la que procuró permanecer alejada el mayor tiempo posible y desarrolló hacia dicho protocolo una auténtica fobia que le provocaba trastornos psicosomáticos, como cefaleas, náuseas y depresión nerviosa. Se mantuvo alejada, siempre que pudo, de la vida pública.
Coronación de Isabel y Francisco José I
como reina y rey de Hungría
Tuvo una especial relación con Hungría, país del que fuera reina. No sólo adoraba el ardor y la vivacidad de los húngaros, sino que además influyó decisivamente en el importantísimo acuerdo que se firmó en 1867 entre Austria y Hungría, conocido como el Compromiso Austro-húngaro, por el que se creó la doble monarquía, conservando cada estado se propia administración e instituciones. A su hija Valeria, la llamaba "mi hija húngara", por haber nacido en este país.
Aunque estuvo ausente de su imperio, no dejó de estar pendiente de los asuntos de Estado. De hecho, fue la propia Isabel una de las impulsoras de la coronación de Francisco José como rey de Hungría, hecho que se produjo finalmente en 1867.
Isabel atacada por el anarquista italiano Luigi Lucheni
El 10 de septiembre de 1898, mientras paseaba por el lago Lemán de Ginebra con una de sus damas de compañía, la condesa Irma Sztaray, fue atacada por un anarquista italiano, Luigi Lucheni, que fingió tropezarse con ellas. Aprovechando su desconcierto, deslizó un fino estilete en el corazón de la emperatriz. Al principio, Isabel no fue consciente de lo que había sucedido, solamente al subir al barco que las estaba esperando, comenzó a sentirse mal y marearse. Cuando se desvaneció, su dama de compañía aviso al capitán del barco de la identidad de la emperatriz y regresaron al puerto. Al desabrochar el vestido de Isabel para que respirara mejor, su dama vió una pequeña mancha de sangre sobre el pecho, causada por el estilete, que había provocado una mínima pérdida de sangre sobre el miocardio, suficiente para causar la muerte.
Cortejo fúnebre de Isabel
Cripta Imperial donde descansan:
Isabel, Francisco José I y su hijo Rodolfo
El cuerpo de la emperatriz fue trasladado a Viena, entre el gran cortejo fúnebre que el protocolo dictaba, siendo sepultada en la Cripta Imperial o Kaisergruft, en la iglesia de los Capuchinos, en vez de en su palacio en la isla griega de Corfú, el Achilleion, donde deseaba recibir sepultura realmente, tal como indicó en su testamento.
Luigi Lucheni estaba en realidad planeando un atentado contra el pretendiente al trono francés, un príncipe de la Casa de Orléans, pero al leer en un periódico que el príncipe francés anulaba la visita y que la emperatriz se encontraba en la ciudad, cambió de víctima.
Recibió varias distinciones honoríficas:
- Soberana Gran maestre de la Orden de la Cruz Estrellada (Imperio Austrohúngaro).
- Soberana Gran maestre de la Orden del Amor al Prójimo (Imperio Austrohúngaro).
Soberana Gran maestre de la Orden de los Virtuosos (Imperio Austrohúngaro).
- Protectora de la Orden de Isabel Teresa (Imperio Austrohúngaro).
- Dama gran cruz de la Imperial Orden de San Carlos (Segundo Imperio Mexicano).
- Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa (Reino de España).
- Rosa de Oro de la Cristiandad (Ciudad del Vaticano, 1868).
Uno de los más famosos valses de Johann Strauss, que lleva el nombre de Myrthen-Kränze Walzer, Op. 154, fue estrenado en un cumpleaños de Isabel y está dedicado a ella.
Romy Schneider en el papel de Sissi
Su vida fue llevada al cine a través de tres películas austro-alemanas de los años 50: Sissí, Sissí Emperatriz y El destino de Sissí, todas ellas protagonizadas por la actriz vienesa Romy Schneider. Estas películas ofrecen una imagen edulcorada y falsa de Sissí.
Su imagen es actualmente un icono turístico de Austria. En el palacio Hofburg de Viena, que ella tanto detestaba, hay actualmente un museo en su honor. También es un icono turístico bávaro, región de origen de Isabel, con un museo en su localidad natal, Possenhofen.

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